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Marx y Engels se negaron reiteradamente a adelantar cómo sería la sociedad socialista. Incluso en un tema vital como el problema de la comida y de la vivienda, que resume en sí mismo buena parte de las causas materiales de la lucha de clases y adelanta problemas decisivos de la futura sociedad socialista, incluso aquí rechazaron explícitamente divagar sobre utopías. Por ejemplo, en "Contribución al problema de la vivienda", terminado en enero de 1873, y en su Prefacio a la segunda edición de 1887, o sea, en los años de madurez y máxima creatividad intelectual, Engels rechaza el método utópico y reivindica la dialéctica una y otra vez a lo largo de las intensas y extensas páginas. Empieza afirmando que: "Quien se dedique con cierto detalle al estudio del socialismo moderno, debe también conocer los "puntos de vista superados" del movimiento". No hace falta decir que aquí Engels nos recuerda uno de los postulados básicos de la dialéctica materialista. Continua definiendo la utopía como: "La utopía no consiste en afirmar que la liberación de los hombres de las cadenas forjadas por su pasado histórico no será total sino cuando quede abolida la oposición entre la ciudad y el campo. La utopía no surge sino en el momento en que se pretende, "partiendo de las condiciones presentes", prescribir la forma en que esta oposición o cualquier otra de la sociedad actual han de ser superadas".
Más todavía: "No se trata, en general, de saber si el proletariado, cuando esté en el poder, entrará violentamente en posesión de los instrumentos de producción, de las materias primas y de los medios de subsistencia, o bien si pagará indemnizaciones inmediatamente en cambio, o rescatará la propiedad mediante y lento reembolso a plazos. Querer responder por anticipado y para todos los casos a tal pregunta, sería fabricar utopías. Y yo dejo a otros esta tarea". Incluso: "¿Cómo regulará la sociedad futura el reparto de la alimentación y de las viviendas? El especular sobre este tema conduce directamente a la utopía. Podemos, todo lo más, partiendo del estudio de las condiciones fundamentales de los modos de producción hasta ahora conocidos, establecer que con el hundimiento de la producción capitalista, se harán imposibles ciertas formas de apropiación de la vieja sociedad. Las propias medidas de transición habrán de adaptarse en todas partes a las relaciones existentes en tal momento. Serán esencialmente diferentes en los países de pequeña propiedad y en los de gran propiedad territorial, etc.".
¿Quiere decir Engels que el movimiento obrero carece de cualquier guía o método de aproximación al problema? No, porque: "Nadie se halla más cerca "de las relaciones concretas determinadas de la sociedad" que Marx en El Capital. Dedicó veinticinco años a estudiarlas desde todos los ángulos, y los resultados de su crítica contienen siempre los gérmenes de las llamadas soluciones, en cuanto sean en general posibles hoy". Antes de seguir, hemos de recordar que, primero, Engels está analizando el problema de la alimentación y de la vivienda pero que, segundo, en respuesta crítica a los reformistas, también está defendiendo la coherencia global de la obra de Marx. Desde esta doble y dialéctica visión, podemos comprender la importancia de esta cita. El Capital, por un lado, contiene "siempre" los gérmenes de las llamadas soluciones a la explotación capitalista pero, por otro lado, siempre que sean posibles en el momento histórico dado en el que se malvive esa explotación. Engels está diciendo que el método marxista es una dialéctica entre su poder teórico sustantivo y su aplicabilidad histórica concreta en cada momento de desarrollo de las contradicciones capitalistas. Además, insinúa abiertamente que El Capital tiene soluciones que --en 1873 y en 1887, pues no suprime esta parte en la revisión para la segunda edición-- iban por delante de su época.
¿Cómo se desenvuelve esta dialéctica hasta su resolución siempre transitoria? Desde luego que no mediante recetas y cavilaciones "inventadas de antemano y aplicables a todos los casos". Nada de esto, insiste Engels, sino que: "El socialismo práctico reside en el conocimiento exacto del modo capitalista de producción en sus diversos aspectos. Una clase obrera preparada en este orden cosas, no tendrá jamas dificultades para saber, en cada caso dado, de qué modo y contra qué instituciones sociales debe dirigir sus principales ataques". La contundente negativa de Marx y Engels a ofrecer respuestas utópicas sobre el futuro va unida, como vemos, a la exigencia de un estudio concreto de la realidad concreta de cada situación histórica. Semejante exigencia va acompañada, a la vez, de la advertencia engelsiana de que si bien en El Capital están "siempre" los gérmenes de las soluciones, estas solamente serán aplicables gracias a su concreción y ubicación espaciotemporal por parte de la clase trabajadora que exista en ese momento.
La importancia de este texto, y de toda la obra de ambos amigos en el tema que tratamos, radica en que en esas y las demás paginas insistieron en que, primero, su método no es una pócima mágica; segundo, que las contradicciones nuevas, histórico-genéticas, van surgiendo con la evolución del capitalismo aunque en El Capital ya está criticada su esencia genético-estructural; tercero, que si bien su método tiene "siempre" los gérmenes de las soluciones por cuanto ha buceado hasta las raíces de los problemas, aquellas han de ser concretadas y aplicadas en su caso y momento por los trabajadores cuando esos gérmenes se hayan materializado, hayan surgido a la superficie; cuarto y último, lo que exige que la clase trabajadora disponga de esa capacidad praxeológica de transformar aprendiendo y de aprender transformado. Hemos de recordar que este texto está escrito tras las lecciones aprendidas de la heroica derrota de la Comuna de París de 1871; lucha que marcó decisivamente, como no podía ser menos, toda el desarrollo marxista posterior, confirmando puntos anteriores y añadiendo contenidos nuevos que iluminan, con una luz más potente, la inicial preocupación de ambos amigos por la autoorganización de las masas y en su desalienación.
La pregunta es, por tanto, obligada ¿en qué medida las experiencias socialistas del siglo XX han cumplido con esta especie de "garantía de seguridad" permanentemente expuesta en la obra de Marx y Engels? La respuesta a esta interrogante tiene, al menos, cuatro partes sucesivas, de las que solamente desarrollaremos con algún detalle la tercera.
La primera parte no es otra que salir al paso de la deducción falsa consistente en decir que si el movimiento obrero no está preparado para la revolución, no conoce exactamente el capitalismo al que se enfrenta, no cumple las "garantías de seguridad" aludidas, si es así, ¿para qué hacer la revolución? ¿Por qué no esperar a que se hayan satisfecho las condiciones objetivas, la acumulación de fuerzas, etc.? Fue en 1917 cuando definitivamente tomó cuerpo práctico esta postura que ya estaba enunciada teóricamente en Bernstein y otros reformistas. Se afirmó que la Revolución Bolchevique no podría vencer porque "no existían las condiciones objetivas". No me refiero ni al brillante texto de Gramsci ni a la posterior idea de Rosa Luxemburg. Me refiero a la crítica fundamentalmente de los mencheviques y socialdemócratas. Si la revolución rusa tuvo lugar fue precisamente por la dialéctica entre el endurecimiento de las contradicciones objetivas del capitalismo de la época, tal cual las habían estudiado los marxistas, y la extensión de las contradicciones subjetivas, principalmente gracias a la corrección de las tesis de Lenin pero también de otros revolucionarios. De este modo, cuando la cadena imperialista se tensaba al máximo, en el interior de su eslabón más débil --el agotado imperio zarista, como habían insinuado Marx y Engels-- actuaba el "factor subjetivo", la conciencia revolucionaria autoorganizada como fuerza independiente fuera del reformismo, que era por ello mismo parte activa de las contradicciones objetivas del sistema.
La segunda parte de la respuesta me exigiría analizar cómo se ha desarrollado dicha dialéctica en cada revolución concreta desde 1917, incluidos los estallidos prerrevolucionarios y también las revoluciones derrotadas, exterminadas en sangre, experiencias decisivas en el aprendizaje de la clase trabajadora internacional, como una y otra vez insistieron Marx y Engels. Por ejemplo, la revolución de 1905 en Rusia, la oleada europea entre 1917 y 1923, la revolución en el Estado español de 1936, la oleada insurreccional y prerrevolucionaria de 1944-48 en gran parte de Europa, y así una larga lista imposible de constreñir aquí y menos si queremos superar la perspectiva eurocéntrica. Teniendo en cuenta la imposibilidad de hacerlo paso a la tercera parte, no sin antes proponer al lector el texto "Cooperativismo obrero, consejismo y autogestión socialista", disponible en su versión definitiva en la www.basque-red.net y en forma de borrador en www.rebelion.org, www.lahaine.org, e www.indymedia.org.
La tercera parte, en la que sí me extenderé algo más, consiste en sintetizar algunas constantes reiteradas en los procesos revolucionarios victoriosos en el siglo XX; procesos socialistas en los que, sin embargo, se repiten con más o menos intensidad y en un orden diferente según los casos al menos cinco grandes crisis y sus correspondientes debates teórico-políticos que, a mi entender, sirven para explicar el origen último endógeno antes que exógeno, interno antes que externo, de la implosión de socialismo llamado soviético. No niego con ello, es imposible hacerlo desde el método marxista, el efecto demoledor de las presiones y agresiones permanentes del imperialismo, muchas de ellas brutales y atroces, pero sí sostengo que el última y definitiva instancia las razones del fracaso hay que buscarlas en las limitaciones y errores internos, agudizados por los ataques externos.
Una, la crisis socio económica estructural, con sus fases de mayor o menos intensidad, que nos remite al problema de la dialéctica entre el plan socialista y el irracionalismo inherente a la vigencia de la ley del valor-trabajo. Si bien es cierto que en Marx y Engels justo aparecen teorizados los ejes irrenunciables del proceso de superación histórica de la ley del valor-trabajo, de la forma-valor y de la mercancía, no es menos cierto que estos textos eran poco conocidos. Y si es verdad que en los primeros tiempos de la revolución rusa, durante el "comunismo de guerra" y la primera fase de la revolución alemana, se pensó en avanzar rápidamente hacia la superación incluso del dinero, bien pronto surgió un decisivo y premonitorio debate sobre cómo acelerar la suplantación del capitalismo por el socialismo. En síntesis la pregunta era, y es: ¿pueden compaginarse el socialismo con la ley del valor-trabajo? O si se quiere, para ser más actual ¿puede existir indefinidamente y sin contradicciones antagónicas e irreconciliables el llamado "socialismo de mercado"?
Dos, la crisis de la democracia socialista, del poder soviético inicialmente surgido al amparo de la lucha revolucionaria pero también como fuerza autoorganizada impulsora de dicha lucha. Significativamente, una de las víctimas decisivas de la burocratización fue el debate sobre política económica, pero también cualquier otra reflexión crítica sobre la marcha de la URSS. Es imposible avanzar en la desalienación social y en la superación de la mercancía y de la ley del valor-trabajo si, de entrada, es prohibido el debate colectivo que debe preceder y garantizar la participación de las masas. El fortalecimiento y alejamiento del Estado con respecto a las masas trabajadoras, dinámica inseparable de la pervivencia de viejas cadenas capitalistas y precapitalistas incluso, contradice y niega al marxismo; y no se puede, en el plano teórico, comprender la pervivencia de la alienación en el socialismo sin tener en cuenta la reificación del Estado y el implacable pudrimiento de lo social que siempre realiza la forma-valor y la mercancía.
Tres, la crisis del internacionalismo proletario en su aplicación democrática al interior del Estado ya en proceso de degeneración burocrática. El fracaso en la solución de las injusticias nacionales, pese a los esfuerzos que el marxismo había dedicado teórica y prácticamente desde la segunda mitad del siglo XIX, abrió una brecha creciente ya desde comienzos de la segunda década del siglo XX. Rusia, que había sido una autentica cárcel de pueblos, comenzó a ser un fantasma vuelto del pasado para muchas etnias, pueblos y naciones no rusas, fortaleciéndose un racismo ruso oficialmente "socialista". Periódicamente, cuando las contradicciones internas y los ataques imperialistas externos sacaban a la superficie los fallos estructurales de la URSS, entre ellos destacaba la irresuelta "cuestión nacional", y conforme la crisis global de la burocracia bresneviana superaba todas las censuras y contenciones, las diferentes burocracias nacionales y/o regionales iniciaban su despegue de la URSS.
Cuatro, la crisis del internacionalismo proletario en su aplicación consecuente en las relaciones exteriores del Estado con las clases y naciones oprimidas. Se trata de un comportamiento coherente con la crisis del internacionalismo interior, pero que surgió un poco más tarde, hacia 1927 con el debate sobre la revolución china, y que no hizo sino crecer desde entonces. La URSS no aplicó el internacionalismo proletario en el sentido marxista, sino una "realpolitik" según los intereses coyunturales de la burocracia. Aunque algunos pueblos del mal llamado tercer mundo se beneficiaron relativamente de la "realpolitik" rusa, lo cierto es que a escala de la lucha de clases mundial y sobre todo el centro imperialismo, la URSS sacrificó el internacionalismo proletario al nacionalismo burocrático de su casta dirigente. Una de las razones del agotamiento político-electoral del stalinismo en Europa capitalista fue el desprestigio causado por la propaganda socialdemócrata y burguesa contra la corrupción y burocracia interna y la imagen externa del nacionalismo burocrático.
Cinco, la crisis de legitimidad del socialismo en cuanto proyecto que exige la opción consciente no solo en lo político y social, sino también en lo antipatriarcal y ético-moral. Pero la opción consciente puede ser facilitada e impulsada por la democracia socialista, por el control popular del Estado en autoextinción, por la estrategia equilibrada de desalienación y desmercantilización, etc., o al contrario, esa consciencia choca contra la burocracia y se desorienta, desanima y cansa, cayendo en la indiferencia y hastío. Con el tiempo, las generaciones que han olvidado y/o no han vivido los sacrificios y logros revolucionarios, innegables ambos, solamente tienen como "realidad socialista" la situación en la que viven, un vacío incoherente entre un socialismo mitificado que no termina de materializarse y un capitalismo mitificado pero muy próximo, al menos en las ondas televisivas que llegan de fuera. Llenar ese incoherente vacío exige, dentro de un régimen burocrático, o la militancia clandestina o los peores vicios burgueses, alcoholismo, robo y delincuencia, prostitución, corrupción y mercado negro, indiferencia hacia el prójimo e individualismo egoísta...
Estas cinco crisis, además, fueron agravadas por un bloque de experiencias liberadoras drásticamente cortadas y reprimidas, y que podríamos definir como sexta crisis. Me refiero a la explosión de creatividad de las masas y de las mujeres en formas alternativas de vida cotidiana, comunas, arte y literatura, filosofía y ciencia, relaciones entre marxismo y psicología y psicoanálisis, pedagogía progresista, relaciones entre socialismo y ecología, debate entre marxismo y anarquismo, y un largo etcétera. Recordemos incluso los brillantes adelantos en estrategia militar que, de no ser purgados brutalmente, habrían salvado varios millones de vidas en 1941-42, y muy seguramente habrían adelantado mucho la derrota del nazi-fascismo. Como vemos, este bloque afecta a cuestiones muy importantes para la creatividad, autoconfianza y felicidad de las masas en los decisivos temas cotidianos y personales, imprescindibles para un buen funcionamiento objetivo y subjetivo del socialismo como proceso consciente que tiene que demostrar su viabilidad diaria en la mejora de los problemas cotidianos.
Incluso en un país como Rusia, en el que el campesinado superaba ampliamente al obrero industrial, la clase trabajadora, pese a su minoría cuantitativa, demostró una impresionante capacidad creativa y de comprensión teórica de los gigantescos problemas legados por la irracionalidad zarista. En este sentido, decisivo para Engels, la primera experiencia revolucionaria confirmó, en primer lugar, lo esencial del marxismo. El Trabajo demostró una capacidad creativa sorprendente teniendo en cuenta las difícilmente imaginables condiciones concretas de su triunfo. Otro tanto hay que decir de las posteriores victorias revolucionaras, como China, Cuba, Vietnam... en los que incluso era menor en peso cuantitativo de la clase trabajadora. La razón del marxismo se ha confirmado, en segundo lugar, al acertar en el peso cualitativo irremplazable del proletariado en la emancipación humana. También, en contra de lo que se dice, la razón del marxismo se ha demostrado, en tercer lugar, al confirmarse que en todas y cada una de esas crisis, incluido el bloque sexto, hubo un debate en el que se confrontaron tesis e hipótesis enunciadas con anterioridad. Es como si la teoría se hubiera adelantado en algunas cuestiones a la realidad. Y el resultado de estos debates se decidieron por la dialéctica de la lucha interna y las agresiones externas, en un contexto objetivo no elegido por los sujetos participantes, lo que, en cuarto lugar, vuelve a confirmar lo esencial del marxismo.
Efectivamente, la teoría marxista, que es un sistema en el que una de sus partes, la lógica dialéctica, integra la inducción y la deducción siempre bajo los dictados del criterio de la práctica, había adelantado puntos de reflexión más o menos definidos y siempre abiertos a enriquecimientos posteriores, sobre estas crisis. Desde los iniciales textos de Marx y Engels hasta las más recientes aportaciones en los debates sobre, por ejemplo, la psicología humana en los años veinte y treinta, pasando por la poesía y la emancipación sexual, sin olvidar la ley del valor-trabajo y tantos otros, en este universo de discusiones e investigaciones, siempre estuvo activo el método marxista. Siempre demostrando que pese a lo muy limitado de su conocimiento y a su mayor dificultad de aprendizaje y uso, comparado con la simplicidad del anarquismo y con el simplismo demagógico del reformismo, pese a ello, fácilmente demostraba su superioridad práctica. En contra de lo que se cree, no podemos ni debemos sobrestimar el asentamiento del marxismo, tal cual lo dejaron asentado los clásicos a finales del siglo XIX. En 1919, por dar una escueta cifra, solamente el 5% del partido bolchevique había recibido instrucción superior y únicamente el 8% enseñanza secundaria. ¿Y qué decir del inmenso océano de analfabetismo ruso?
Que el marxismo en sí era conocido para una reducida minoría culta no hace sino demostrar sus méritos y confirmar las advertencias al respecto de sus clásicos. Lo que ahora interesa es, en primer lugar, dejar sentado que dicha capacidad nacía y nace del método mismo y, en segundo lugar, que el hecho históricamente cierto de que las cinco crisis más el sexto bloque, reaparezcan con diferencias más o menos importantes según los casos, pero se repitan en todas las experiencias socialistas del siglo XX e incluso del XIX en cuestiones premonitorias, plantea la actualidad de un criterio decisivo en los revolucionarios del pasado y que se ha perdido desde los años ’30. Me refiero a que aquellos siempre habían entendido el marxismo como la parte más desarrollada y coherente del amplio movimiento socialista mundial, con sus diversidades internas. En este sentido, hay que hablar de "socialismos", lo cual nos permite comprender mejor que, hasta ahora, han fracasado cuatro socialismos concretos y específicos, que son como ramas agotadas y secas de un árbol que siempre se repone de sus perdidas y podas. La savia que alimenta al árbol es la dialéctica de las contradicciones entre el Capital y el Trabajo, y el marxismo es la forma consciente de esa dialéctica. No puedo desarrollar aquí esta interpretación así que remito al lector al texto ¿Ha fracasado el socialismo? parte de uno más amplio "4 textos de análisis para reflexión sobre el socialismo en el MLNV" a disposición en la www.basque-red.net.
Exceptuando, obviamente, el socialismo utópico, y sin poder precisar las relaciones con respecto a estas cinco crisis, más la sexta, en las causas del fracaso de la socialdemocracia, todos los modelos socialistas centrados en la estrategia stalinista asentada definitivamente desde los años ’30, han tropezado en las mismas piedras. Por último, el socialismo eurocomunista, mezcla vergonzosa de socialdemocracia, stalinismo y nacionalismo burgués en cada Estado, ha derivado hasta su desintegración sin poder ni querer resolverlas. Quiere esto decir, sencillamente, que estas crisis no son fortuitas ni secundarias, accidentales, causadas por los "errores personales" de un líder al que se le ha rendido "culto a la personalidad", por recordar la excusa burocrática al uso. Según mi interpretación y uso del método marxista, tanta reiteración solamente es comprensible si aceptamos, primero, que saca a la luz problemas genético-estructurales de la transición al socialismo y, por tanto, de la extrema gravedad de las contradicciones capitalistas; y, segundo, que a la vez ilumina el desenvolvimiento del grueso de las futuras luchas.
Llego así a la cuarta y última parte de mi respuesta a la pregunta anterior. Que el marxismo sea minoritario, que los socialismos hayan fracasado y que el capitalismo haya evolucionado hasta su actual situación, aparte de confirmar la "muerte del marxismo" ¿no demuestra la imposibilidad de todo intento revolucionario? Una pregunta mil veces planteada y usada más como afirmación que como interrogante, y que choca con dos objeciones decisivas como son, una, que desde que existe la explotación ha existido el intento de acabar con ella, y que nada indica a comienzos del siglo XXI que se haya producido un cambio tan trágico e irreversible en la esencia social de la especie humana como para haberla degradado en una "especie esclava". Por el contrario, asistimos a una nueva oleada de luchas. Y otra, que solamente gracias a estas luchas, la humanidad ha logrado mejorar sus condiciones de vida y trabajo, forzando a las clases explotadoras a realizar concesiones; más todavía, las victorias revolucionarias, por cortas y transitorias que hayan sido, han significado siempre impresionantes saltos hacia delante, mejoras sustanciales en la felicidad humana. Nadie nos ha regalado nada y una de las fuerzas del marxismo radica en demostrar que solamente la lucha puede conseguirlo. No existe ningún dato histórico que demuestre lo contrario.
El método marxista explica coherentemente esta evolución, y lo hace utilizando sus propios instrumentos teóricos, sin tener que recurrir a las interpretaciones de la ideología burguesa. Sin embargo, el dogma vulgarizador impuesto por el stalinismo, unido al exterminio físico de miles de comunistas, esta represión se sumó a la tarea de desprestigio del marxismo realizada por la socialdemocracia y la burguesía, resultando de todo ello una falsa identificación del marxismo con stalinismo. Durante décadas, la ideología burguesa apenas tuvo serios enemigos en el plano del debate teórico. No nos debe extrañar, por tanto, que conforme la URSS dejaba de ser un ejemplo para las clases trabajadoras occidentales y el eurocomunismo aceleraba la acomodación al sistema en plena ola de lucha de clases de los ’70, surgieran modas intelectuales supuestamente alternativas al marxismo mientras que la socialdemocracia empezaba a pudrir y detener esa oleada. No nos debe extrañar tampoco que sobre este panorama inmediatamente después la versión neoliberal de la ideología burguesa se impusiera con pasmosa facilidad, ridiculizando a unos intelectuales que corrieron a refugiarse en el postmodernismo.
Sin embargo, la ideología burguesa ha vivido de rentas, de la debilidad insostenible del dogmatismo de la URSS y de la sopa ecléctica del eurocomunismo. El simplismo demagógico burgués ha podido, frente a tales oponentes, elevar sus tópicos sobre la libertad del consumidor individual, la excelencia del mercado, la ineficiencia de lo planificado, el egoísmo de los trabajadores, la iniciativa empresarial, etc., al rango de conceptos omnipotentes, validos para toda situación histórica. Tal palabrería ha fortalecido los anclajes clasistas profundos de la ideología burguesa como es el supuesto derecho individual a la propiedad privada de las fuerzas productivas; el derecho burgués a apropiarse del grueso del producto social de la fuerza de trabajo; el derecho burgués a dejar en herencia familiar esas gigantescas masas de capital expropiado al pueblo trabajador; el derecho burgués a que su Estado aniquile al Trabajo cuando este se pone en pie; el derecho burgués a destrozar la naturaleza con su mercantilización, etc. Estos son los principios sustanciales de la ideología burguesa, que sostienen a los secundarios sobre el individuo, la libertad, la justicia, la democracia, etc., siempre en abstracto.
El marxismo no tiene nada que aprovechar de los principios secundarios, y menos aun de los primarios, esencialmente inhumanos. El marxismo precisamente ha surgido para luchar contra ellos; contra los secundarios en el plano sociopolítico y democrático, y contra los primarios, en el crucial plano de la socialización de las fuerzas productivas, básicamente. Nada de lo acontecido en el siglo XX y la segunda mitad del siglo XIX se entiende recurriendo a las lucubraciones del segundo nivel de la ideología, pero sí se comprende esa historia analizando la cruel ferocidad práctica del Capital para seguir siendo eso, propietario exclusivo y excluyente de los medios de producción.